Centrémonos lanza el primer episodio de su serie de podcast con Ingrid Betancourt como invitada especial quien hizo honor al nombre del espacio: aquí habla sin matices sobre lo que considera la gran hipocresía de la política colombiana, cuestiona el proceso de paz y lanza una crítica directa a un feminismo que —según ella— guarda silencio cuando los abusos provienen de su propio sector ideológico.
La conversación arranca entre risas, playlists y anécdotas de TikTok, pero rápidamente deja de ser ligera. Betancourt entra en terreno político con una frase que marca el tono de toda la entrevista: “Yo critico la corrupción de Petro, la de Duque, la de Santos. Un bandido es un bandido”. No es solo una provocación: es una declaración de principios. Para ella, el verdadero problema del país no es la ideología, sino la permisividad frente a la corrupción dependiendo de quién la ejerza.
En un escenario político atravesado por la polarización, su crítica apunta al corazón del debate: Colombia ha normalizado justificar lo injustificable. “Nos hemos convertido en esclavos mentales”, advierte, al señalar cómo la ideología lleva a muchos a defender actos que condenarían si vinieran del bando contrario. Ese, insiste, es el gran obstáculo para avanzar en el país.
Otro eje central de la conversación fue, sin lugar a dudas, el feminismo actual, del que no niega su importancia en las luchas en las que las mujeres deben estar de acuerdo, pero cuestiona lo que considera incoherencias dentro del movimiento y denuncia que, en ciertos casos, “la ideología se antepone violando lo que uno puede llamar la solidaridad entre mujeres”. Su señalamiento es claro: hay silencios selectivos frente al acoso y abuso que terminan debilitando la sororidad en sí misma.
Esta crítica al doble rasero ideológico tomó aún más fuerza cuando trajo a la mesa la realidad de miles de mujeres reclutadas. «A las niñas en la guerrilla las obligaban a abortar a palo seco», recordó con crudeza, señalando la impunidad que cobijó a quienes sometieron a las mujeres a estos vejámenes. Además, denunció frontalmente cómo hoy en día en el Congreso «protegen a la persona que llevó a miles de niñas a ser abusadas por razones ideológicas».
Esto abrió la puerta a una reflexión de fondo sobre la paz en Colombia. Betancourt no la descarta, pero sí cuestiona de manera frontal el camino que se tomó. Sin matices, califica la implementación de los Acuerdos como un error: “resultó ser un lavadero de dinero”. A su juicio, lejos de cerrar el ciclo de violencia, el proceso terminó facilitando el reciclaje de estructuras criminales que hoy continúan operando bajo nuevas formas.
A lo largo de la conversación, repite una idea como mantra: Colombia necesita salirse de las “camisas de fuerza ideológicas”. Para ella, el país debe recuperar la capacidad de juzgar con independencia, sin etiquetas. En esa línea, plantea la existencia de un “nuevo país”: una mayoría silenciosa cansada de los extremos y dispuesta a construir desde otro lugar.
Sin ánimo de hacer “spoiler” episodio cierra con una nota de esperanza. Betancourt insiste en que nunca ha dejado de creer en el país y plantea oportunidades concretas, como el desarrollo del Pacífico colombiano, al que describe como “la ventana hacia el tercer milenio”.
Como pieza de lanzamiento, Sin filtro político cumple su promesa con una conversación sin tibiezas. Y lo logra. Porque en un entorno donde muchos discursos se calculan al milímetro, escuchar a alguien decir sin rodeos que “lo que está mal, está mal, sin importar su orilla” resulta, por lo menos, imposible de ignorar.





