En su reciente columna, Ana Bejarano parte de una premisa que todas celebramos: el incremento de la participación femenina en la vida pública y cómo este cambio mental permite que las niñas crezcan sin límites, soñando no solo con emplearse, sino con fundar sus propias compañías o, incluso, alcanzar la presidencia. Sin embargo, el entusiasmo de la autora se apaga de forma selectiva cuando la mujer en cuestión no se suscribe a su manual de pensamiento.
Al analizar la figura de Paloma Valencia, Bejarano sugiere que, aunque ella pueda llegar a la Casa de Nariño, su liderazgo no es «suficiente» porque no empatiza con sus ideas. Aquí es donde debemos detenernos y preguntar: ¿El feminismo que se nos vende hoy es una plataforma de grandeza o se ha convertido en una nueva brecha para frenar nuestro crecimiento?
Resulta contradictorio que, en nombre de la liberación femenina, se pretenda establecer una «suscripción» obligatoria a ciertos dogmas. Si el feminismo busca la autonomía de la mujer, esta debe incluir la libertad más básica de todas: la libertad de pensamiento.
Pretender que el feminismo es propiedad exclusiva de la izquierda radical es una trampa narrativa. No todas nos identificamos con las banderas del feminismo contemporáneo, y eso también debería tener cabida en la conversación pública. En una sociedad atravesada por contradicciones, las conquistas de las mujeres; el derecho al voto, la autonomía económica, la posibilidad de decidir sobre nuestras vidas sin la venia de un hombre no surgieron de la nada. Fueron el resultado de luchas profundas, diversas y, sobre todo, plurales.
Incluso figuras emblemáticas del pensamiento femenino, como Frida Kahlo, exploraron en su obra y en su vida la complejidad de ser mujer, reivindicando dimensiones que hoy algunos discursos parecen querer simplificar o encasillar.
Resulta paradójico que, mientras se enarbolan discursos progresistas en nombre de las mujeres, muchos de sus derechos continúen siendo vulnerados por ellos mismos. Pero sobre todo seguir generando la misma pregunta ¿Por qué tirarse tan duro entre mujeres solo por tener percepciones distintas? La grandeza de una apuesta nacional que debería medirse por la capacidad de las líderes para ofrecer igualdad de condiciones, no por su capacidad de recitar consignas prefabricadas.
Uno de los puntos más críticos de la narrativa de Bejarano es el intento de despojar a Paloma Valencia de su propia voz. Etiquetar a una mujer con su trayectoria, preparación y carácter como una «defensora del patriarcado» o una «hija de estructuras masculinas» es, en esencia, un acto de machismo intelectual.
Es una forma sutil de decir que, si una mujer es exitosa en el centro o la derecha, no es por su mérito, sino porque está siendo manipulada. ¿No es machista pensar que una mujer con la experiencia legislativa de Paloma no tiene voz propia? Defender la propiedad privada, la seguridad en las regiones y el orden no es ser «hija» de nadie; es ser una mujer con una visión de país clara y ganada a pulso.
Existe una paradoja curiosa en nuestra sociedad: mientras muchos hombres aceptan con naturalidad que Colombia está lista para una mujer presidente, somos las mujeres las que a veces ponemos el techo de cristal más grueso. Ponemos en duda un hecho histórico basándonos en si la candidata nos cae bien o si sus ideas nos incomodan.
Una lucha ganada es que una mujer llegue al poder sin importar si es de izquierda, derecha o centro. El simple hecho de que una mujer ocupe el cargo más importante de la nación debería ser visto como una apuesta a la grandeza colectiva. Abrir el debate a otras percepciones educativas, económicas y de seguridad no es un retroceso; es la madurez de una democracia que entiende que el talento femenino no es monocromático.