El impuesto que las mujeres pagan para que otros lideren podría estar a punto de acabarse
Hubo un tiempo en que la presencia femenina en la política se medía por la discreción del protocolo. Se esperaba una figura ética para la foto, pero sin voz en decisiones que cambiaran el rumbo del país. En este 2026, esa era del «liderazgo decorativo» ha muerto. La evolución de la mujer en la política colombiana dejó de ser una concesión de cuotas para convertirse en la viva representación de la preparación técnica. Hoy, el poder no se pide; se ejerce a través de una autoridad que cambió el lenguaje de la victimización por el diseño de soluciones estructurales que transformen la vida cotidiana de los colombianos.
Este cambio de carácter se siente en las mujeres que hoy reclaman banderas históricamente masculinas: el orden y la seguridad. Ya no es extraño ver a mujeres liderando la justicia efectiva e impulsando penas severas contra agresores. Sin embargo, esta vanguardia política tiene un costo invisible. Mientras el 3,4% más del electorado femenino impulsa estas figuras al poder, el entorno sigue siendo hostil: siete de cada diez candidatas enfrentan agresiones digitales o psicológicas, un síntoma de una vieja guardia que intenta frenar con ruido lo que no puede debatir con datos.
Hoy, mientras hay quienes buscan interacciones en redes sociales con ataques sin fundamentos sólidos, podemos ver cómo el liderazgo femenino responde con la inteligencia que solo la experiencia puede dar: planteando propuestas técnicas que aterrizan no solo en el bolsillo sino en la realidad de los hogares colombianos y allí entramos en el terreno de las conversaciones pendientes de los trabajos que nadie paga pero de los que todos se benefician: el cuidado no remunerado.
Existe un cinismo estructural cuando se cuestiona si una mujer tiene la «fuerza» para cuidar la transformación del país desde la Casa de Nariño, ignorando que las mujeres han cuidado las casas de todos durante siglos. Mientras los hombres alcanzaban nuevos peldaños, consolidaban sus carreras y construían su «rol» de liderazgo, ellas se quedaban sosteniendo la base de una sociedad que nunca les ha facturado su tiempo. El progreso masculino tradicional se construyó sobre los hombros de mujeres que regalaron su autonomía para que otros pudieran brillar.
Es aquí donde el concepto de pobreza de tiempo deja de ser una estadística académica para convertirse en una denuncia política. Con 3,3 millones de personas dedicadas exclusivamente al cuidado —donde el 70% son mujeres—, la brecha no es solo social; es una falla de diseño de nuestra economía. Las propuestas más visionarias de este año son aquellas que entienden que formalizar el cuidado e incentivar fiscalmente a las empresas que contratan madres cabeza de familia no es una ayuda humanitaria ni un gesto de «caballerosidad». Es gerencia. Es entender que la verdadera revolución no está en el discurso, sino en liberar el reloj de las colombianas. La mujer en la política dejó de ser una invitada de honor para ser la gerenta del desarrollo nacional.
El reto actual no es cuántas sillas ocupan las mujeres, sino si ese poder es capaz de romper por fin el monopolio masculino sobre el tiempo libre y… sobre las decisiones que cambien el rumbo del país.