Mientras el algoritmo nos empuja a celebrar el «autocuidado» a través de canciones de independencia emocional, «Flowers» de Miley Cyrus sintetiza la propia estética de autosuficiencia, proyectandonos la imagen de una mujer que encuentra en su propia billetera y voluntad la solución a cualquier vacío. Sin embargo, cuando bajamos el binocular de la cultura pop y enfocamos la cruda realidad nacional, el brillo del amor propio choca de frente con una estructura social que se cae a pedazos: en nuestro país, existen 4.7 millones de mujeres que, si bien cumplen con el mantra de la canción al ser proveedoras y jefas de hogar, enfrentan la paradoja de poder costear lo básico pero no tener quién cuide a sus hijos.
Esta narrativa de la autonomía individual funciona, en la práctica, como una trampa que disfraza el abandono estatal bajo el rótulo de «fortaleza femenina». La realidad se impone con una brecha de cuidados donde, según cifras del DANE, las mujeres dedican en promedio 7 horas y 46 minutos diarios a labores domésticas y de cuidado no remunerado, mientras que los hombres apenas destinan 3 horas y 6 minutos. Esta desigualdad estructural levanta un techo de cristal de la crianza que se traduce en ejemplos dolorosos: la madre en Ciudad Bolívar que debe rechazar un turno extra remunerado porque el jardín comunitario cierra a las cuatro de la tarde, o la profesional independiente que ve cómo sus ahorros se evaporan pagando cuidadoras informales ante la falta de cupos en el Sistema Distrital de Cuidado. En esta soledad del sistema, la red de apoyo se desvanece, obligando a millones a elegir entre el hambre de sus hijos o su seguridad emocional.
Es sencillo aplaudir el empoderamiento desde el lente de un contenido viral, pero la narrativa cambia drásticamente cuando el enfoque apunta a los sectores donde la autonomía es una obligación de supervivencia y no una opción de vida. Lo que a menudo etiquetamos con ligereza como «resiliencia» es, en el fondo, el resultado de un abandono estructural donde el Sistema Nacional de Cuidados sigue siendo más un titular de prensa que una realidad tangible para la mujer que vende café en una esquina o la que lidera una oficina en el centro de Bogotá. Estas 4.7 millones de mujeres representan el motor de la economía popular y formal, pero operan sin una red de seguridad, demostrando que el discurso de la «mujer que puede con todo» es la excusa perfecta para que el Estado ignore que el 21% de las mujeres fuera de la fuerza laboral en Colombia no busca empleo precisamente porque no tiene quién asuma las tareas del hogar.
Necesitamos transitar urgentemente de la «ética de las flores» a la ética del cuidado, entendiendo que la realización personal no puede estar condicionada al sacrificio extremo del tiempo y la salud mental. Comprar flores es un gesto simbólico de amor propio, pero el progreso real radica en la creación de manzanas del cuidado, escuelas de tiempo completo y una flexibilización laboral que no penaliza la maternidad. La verdadera autonomía no nace de la capacidad de resistir la adversidad en una soledad absoluta, sino de un entorno que entienda que la crianza es una responsabilidad social compartida. Al final del día, de nada sirve tener el poder de comprar las flores si el sistema no permite el tiempo, el apoyo institucional, ni la paz mental necesaria para verlas florecer en el centro de la mesa.