En Mad Max: Fury Road, el mundo no colapsa de golpe. Se descompone cuando el acceso al combustible deja de ser estable y pasa a ser administrado bajo escasez. La gasolina no desaparece: se concentra, se encarece y se convierte en poder.
Colombia no vive esa distopía pero empieza a ensayar algunos de sus síntomas.
En la película, quien controla el combustible controla el sistema. En Colombia, la discusión energética gira justamente en torno a ese control. El gobierno ha fijado una línea clara: no otorgar nuevos contratos de exploración de petróleo y gas, en nombre de la transición energética.
El problema no es el objetivo, sino la lógica del movimiento. En términos de Mad Max, es dejar de buscar combustible en un sistema que aún depende de él.
Y eso ya tiene efectos visibles.
Colombia perdió la autosuficiencia en gas a finales de 2024 y comenzó a depender de importaciones. Al mismo tiempo, las reservas han caído a cerca de 5,9 años, reduciendo el margen de seguridad energética. No es un escenario hipotético: es una presión en curso.
En Fury Road, la escasez aparece cuando el sistema deja de sostener su propio suministro. Colombia no está en ese punto, pero empieza a moverse hacia un esquema similar: menos producción propia, mayor exposición externa.
La tensión aumenta cuando el combustible no solo es más incierto a futuro, sino más caro en el presente.
Durante el actual gobierno, el precio de la gasolina ha tenido uno de los aumentos más fuertes de las últimas décadas. El galón pasó de niveles cercanos a los $9.000–$10.000 a ubicarse en torno a $15.000–$16.000 entre 2023 y 2024, tras el desmonte del subsidio del Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles. Solo en 2023, el ajuste implicó incrementos cercanos al 48%.
Traducido al lenguaje de Mad Max: no solo hay menos certeza sobre el combustible, sino que cada vez cuesta más acceder a él.
La contradicción es más profunda. Mientras el precio internacional de la gasolina cayó cerca de 19% en 2025, en Colombia siguió subiendo. Es decir, el problema ya no es solo externo: es cómo se gestiona internamente.
En la película, el combustible se distribuye de forma estratégica. En Colombia, el encarecimiento produce un efecto menos visible pero igual de estructural: restringe la movilidad económica. Transporte, alimentos y costos logísticos absorben el impacto.
La analogía deja de ser estética y se vuelve política.
Porque el núcleo de Mad Max no es la violencia, sino la fragilidad de un sistema que pierde control sobre su energía. Y esa es la pregunta que Colombia aún no resuelve: ¿cómo hacer la transición sin desordenar el presente?
El gobierno insiste en el horizonte —energías limpias, descarbonización—, pero la película deja una lección básica: no se puede avanzar si no se garantiza el combustible que sostiene el trayecto.
Hoy, las energías renovables en Colombia no tienen la escala suficiente para reemplazar la base fósil. Mientras tanto, la exploración se frena y los precios suben. La ecuación está incompleta.
Ahí aparece el concepto clave: soberanía energética.
En Mad Max, perder el control del combustible es perder autonomía. En Colombia, reducir exploración, depender de importaciones y encarecer el acceso dibuja una tendencia similar: menos capacidad de decisión, más dependencia externa.
No se trata de cuestionar la transición, sino su ejecución.
Porque la diferencia entre una transición y una crisis no está en el destino, sino en cómo se gestiona el camino. Y hoy, Colombia parece avanzar más rápido en el discurso que en la planificación.
Fury Road es una advertencia sobre sistemas que dejan de sostenerse antes de construir alternativas.
Colombia aún no está ahí. Pero empieza a acercarse.
Y cuando el combustible deja de ser una certeza, todo lo demás empieza a volverse frágil.





